By Yukio Mishima

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Alzó la cabeza para mirar las casas del pueblo, construidas unas encima de las otras en una empinada cuesta, y distinguió las brillantes luces del domicilio de Miyata. Todas las luces del pueblo procedían de las mismas lámparas de petróleo, pero, por alguna razón, aquéllas parecían un tanto diferentes, más resplandecientes. Aunque Shinji no podía ver la sala del banquete, imaginaba con nitidez las sombras oscilantes que las luces de las lámparas debían de proyectar sobre las mejillas de la muchacha desde sus serenas cejas y sus largas pestañas.

Los hermanos les saludaron en silencio, con inclinaciones de cabeza, y se encaminaron a una esquina para sacar agua caliente de la piscina[4]. • • • • • Shinji esperaba, aguzando el oído, pero los hombres no se desviaban de la política para hablar de la chica. Entretanto su hermano, con el apresuramiento que le caracterizaba, había terminado de bañarse y ya estaba en el exterior. El joven pescador le siguió y, una vez fuera, le preguntó por el motivo de las prisas. Hiroshi, como se llamaba el hermano, le explicó que aquel día él y sus amigos habían jugado a la guerra, y que él había hecho Dorar al hijo del director de la cooperativa al golpearle en la cabeza con su espada de madera.

Sólo en su manera de mantenerse apartada, contemplando el mar, se diferenciaba de las vivaces jóvenes isleñas. El muchacho pasó a propósito por delante de ella, y de la misma manera en que los niños se quedan mirando un objeto extraño, se detuvo y la miró a la cara. La chica juntó ligeramente las cejas, pero siguió contemplando el mar sin volver los ojos hacia el pescador. Él finalizó su silencioso examen y se apresuró a proseguir su camino. En aquel momento tan sólo experimentó el vago placer de la curiosidad satisfecha, y ahora, transcurrido un buen rato, cuando subía por el sendero que llevaba al faro, se dio cuenta de lo grosera que había sido su inspección.

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