By Mario Bellatin

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Algo en su mirada me hacía sospechar que estaba preocupada. Con una escena similar daba comienzo el libro que acababa de publicar. En el texto, mientras el marido duerme, su mujer se retuerce las manos con signos de angustia. Me puse de pie —antes de hablar del Izcuintepozoli había tomado asiento en un pequeño sofá que había en la habitación—, y me despedí. Al bajar y abrir la puertita de la escalera, el perro sin dientes quiso atacarme. Sentí el roce de sus encías en mi muñeca. La esposa bajaba detrás.

162. Hasta el día de hoy agradezco la consideración que muestra hacia los demás cuando embadurna sus labios sin que nadie lo advierta. 163. Hubiera sido terrible que despertara al resto de los internos. 164. Parece que intuye que sólo actuando en silencio puede conseguir algo de mí. 165. », suelo preguntarme cada vez que la veo aparecer en la oscuridad. 166. Señalé que ingresa con la llave que le ha entregado la directora de la escuela. 167. Sin embargo se me hace totalmente absurda esa suposición.

Debo creerlo, aunque en ocasiones hay errores médicos que hacen imposible que uno acepte ciegamente sus preceptos. De allí la preocupación por que atendieran rápidamente la enfermedad de la sheika. No siempre los sueños experimentados durante el trance sufí han tenido resultados felices. No todas las profecías se limitaban al horror de Cherifa, casi inconsciente y acostada en una vía rodeada de policías y de vecinos dispuestos a tapar su cuerpo con papeles de periódico. Aquel horror terminó precisamente cuando Duja, nuestra derviche dueña de una voz privilegiada, llegó el día del accidente tarde a la oración y se encontró con el espectáculo.

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