By B. Perez Galdos

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Estarás desmayado —dijo doña Perfecta a su sobrino—. Ahora mismo te daremos de almorzar. —Con permiso de usted —repuso el viajero—, voy a quitarme el polvo del camino. 44 —Muy bien pensado —dijo la señora— Rosario, lleva a tu primo al cuarto que le hemos preparado. Despáchate pronto, sobrino. Voy a dar mis órdenes. Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación situada en el piso bajo. Desde que puso el pie dentro de ella, Pepe reconoció en todos los detalles de la vivienda la mano diligente y cariñosa de una mujer.

Es verdad que no conoces a mi sobrina; pero tú y yo tenemos noticias de su virtud, de su discreción, de su modestia y noble sencillez. Para que nada le falte hasta es bonita... Mi opinión — añadió festivamente— es que te pongas en camino y pises el suelo de esa recóndita ciudad episcopal, de esa Urbs augusta, y allí, en presencia de mi hermana y de su graciosa Rosarito, resuelvas si esta ha de ser algo más que mi sobrina. Pepe volvió a tomar la carta y la leyó cuidadosamente. Su semblante no expresaba alegría ni pesadumbre.

Se me olvidaba —añadió, volviendo a entrar después de algunos segundos de ausencia—. Si quiere usted algo para el señor juez municipal... Ahora voy allá a hablarle de nuestro asuntillo... —Dele usted expresiones —dijo festivamente, no encontrando mejor fórmula para sacudirse de encima al legislador espartano. —Pues quede con Dios el señor don José. —Abur. El ingeniero no había sacado su ropa, cuando aparecieron por tercera vez en la puerta los saga47 ces ojuelos y la marrullera fisonomía del tío Licurgo.

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