By AUGUSTO ROA BASTOS

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Contra el viento del norte

Leo Leike gets a message from an unknown lady named Emmi. although it was once despatched to him by way of mistake, Leo, an informed and courteous guy, solutions. Attracted by means of his reaction, she writes to him back, and as soon as their discussion starts off, it is just a questio

Los Conflictos del Siglo XX: La Segunda Guerra Mundial

En esta serie, conformada por seis t#237;tulos, el lector encontrar#225; los hechos hist#243;ricos m#225;s significativos del mundo contempor#225;neo desde l. a. Primera Guerra Mundial hasta nuestros d#237;as. Es esta una obra deconsulta, especialmente dise#241;ada para todos aquellos que no s#243;lo deseen conocer en detalle el desarrollo cronol#243;gico y armamentista decada uno delos conflictos, sino tambi#n, y quiz#225;s lo que es m#225;s importante a#250;n, entender las causas de estos enfrentamientos entre los distintos pueblos y Estados ysus repercusiones enla geopol#237;tica genuine.

Grán Sertón: Veredas

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Por las mañanas, papá y mamá bajaban por una escalerilla y se metían a trajinar por los cuartos y la cocina, con el agua hasta la cintura. Yo salía a recoger los gallos, pollos y gallinas que se habían salvado en los palos altos del corral. Me seguían alegres la pata y su cría. Los patitos semejaban pimpollos amarillos con patitas doradas entre las flores albas y azules de las ninfeáceas. Hasta las desgracias tienen sus primores. 4 Todo manoreño se sentía un animal anfibio. Cada uno llevaba apretada en la mano la ilusión de ser alguna vez gente de tierra solamente.

El escudo de la nación era ese huevo negro y chato que refulgía en los bordes. Semirroído y ennegrecido por los cálidos humores silvestres, por el hollín y los vientos de cien años, mostraba, bastante empañado, el orgullo de los viejos tiempos. Solamente en los bordes el oro bruñido brillaba a los rayos del sol. Irrisorio vestigio de la grandeza pasada. El huevo de la patria, desovado por una gran gallina negra, estaba allí, aplastado contra la nariz de la locomotora legendaria. Una patria ecuestre de huevos enormes como los caballos de bronce.

Vi el escudo engarzado en la nariz de la máquina. El escudo originario estaba ahí sobre el óvalo de oro. El león parado se erguía asido a una lanza. El gorro frigio y la estrella coronaban el ramo de palma y olivo. El escudo de la nación era ese huevo negro y chato que refulgía en los bordes. Semirroído y ennegrecido por los cálidos humores silvestres, por el hollín y los vientos de cien años, mostraba, bastante empañado, el orgullo de los viejos tiempos. Solamente en los bordes el oro bruñido brillaba a los rayos del sol.

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